La Cámara Argentina del Libro (CAL) quiere sumarse al debate de las nuevas tecnologías, y para ello le encargaron a Roberto Igarza la realización de un informe sobre el estado de situación de los e-books y los nuevos modelos de negocios, que fue presentado ayer, 7 de mayo, en la 36 Feria del Libro bajo el título: “Ebook. Hacia una estrategia digital del sector editorial argentino”.

La posibilidad de acceder a todas las obras culturales a través de la digitalización se riñe con los derechos de autor, la propiedad intelectual y los “nuevos modelos de negocios”, que a la par que abaratan los costos también pretenden limitar la actividad del usuario con TMP’s (Technical Measure Protection) con “novedosas” incorporaciones como el DRM (Digital Right Management, en castellano, Gestión de Derechos Digitales) y los LWDRM (Light Weight Digital Right Management, Gestión “Liviana” de Derechos Digitales). En este sentido, el lanzamiento al mercado del Kindle de Amazon y el I-Pad de Apple pusieron en jaque a los soportes corrientes de las obras escritas, en particular, de los libros.

El informe presentó una serie de convenciones más o menos establecidas sobre cuál es el panorama actual de las “nuevas generaciones digitales” (sic) y del modelo de lectores, rotulados bajo una categoría cuando menos risible: “los prosumidores”. Igarza señaló que la intervención actual de los lectores constituye algo inesperado para el viejo modelo de negocios que sostenían las editoriales. Los lectores han dejado atrás, en buena medida, su rol de espectadores pasivos y tratan de acercarse a los autores, y ser, ellos mismos, autores. En síntesis: el lector se ha convertido, de pronto, en un actor dentro del juego, o como decía el informe de Igarza, en “la cadena”. El presidente de la CAL lo dijo con todas las letras: “cualquier nueva estrategia de negocios debe resguardar la cadena actualmente existente”. ¿Cuál es esta cadena? El editor, el distribuidor y el librero.

La primera diapositiva del informe prometía más de lo que terminó siendo: “¿Qué debe cambiar en nuestra forma de producir y distribuir conocimiento?”. La exposición de Igarza dejó claro, de todas formas, que lo que menos importa es el conocimiento; lo importante es resguardar la cadena, conservar el negocio. La aparición de Amazon y Apple, que impusieron precios de venta mucho menores a los usuales, les resultó una molestia en sus estrategias tradicionales.

¿Cuál es entonces la estrategia digital del sector editorial argentino? Igarza habló de la necesidad de políticas públicas que favorezcan e impulsen hacia un movimiento del sector hacia las nuevas tecnologías, y mencionó que el futuro Instituto del Libro es un actor “imprescindible” dentro del lobbismo necesario para convencer al Estado de seguir favoreciendo a los monopolios editoriales. En este sentido, la exposición se enfocó en mencionar que de ningún modo puede ser pensable que las actuales classmates que otorgó el Estado a las escuelas medias vengan “sin contenido”. Recordemos que esto de “sin contenido” es en realidad una metáfora, puesto que las classmates ya vienen con un virus: Microsoft Windows. A este virus, la CAL recomienda agregarle otro para fortalecer la estrategia de venta: que las netbooks que se repartan contengan e-books, obviamente desarrollados, promovidos y pensados por las grandes editoriales.

La idea no sería mala, si no fuera porque seguramente estos e-books vendrán con DRM, las nuevas licencias para leer, que controlan básicamente qué es lo que hace el usuario con el libro. Por otra parte, ¿cuál será el criterio para definir qué libros y cuánta cantidad de libros? ¿Cuánto costarán finalmente las computadoras, si además de tener que pagar por licencias originales de un sistema operativo que no queremos, tenemos que pagar por una infernal cantidad de libros que tampoco queremos? ¿Se respetará por lo menos el derecho del usuario de decidir qué y cómo leer, o se seguirán atropellando sus derechos y encareciendo los productos que consume con licencias que de ningún modo solicitó y que de ningún modo le interesan tener? El “prosumidor”, tal como lo definen en sus términos, es un actor a tener en cuenta a la hora de diseñar estrategias de comercio, pero no lo es a la hora de diseñar políticas públicas.

Otro gran miedo de las editoriales son las grandes corporaciones como Google, que están digitalizando material y ya anunciaron el lanzamiento de su E-book store para este verano. En este sentido, Igarza mencionó la necesidad de que las editoriales comiencen a digitalizar el material que tienen. Por supuesto, como no podía faltar, provino la pregunta incómoda por parte de este sector del público: “¿Y cómo van a digitalizar si la actual Ley de Propiedad Intelectual se los prohíbe? ¿Eso no supondría una reforma en la ley de derechos de autor?”. El presidente de la CAL, ofuscado, respondió que había que comprar los derechos sobre las obras digitalizadas, pero que esto de ningún modo tenía que implicar una reforma en la 11.723. No podía esperar menos; está claro que no entienden de tecnología. Le respondí amablemente que la obra digitalizada no suponía una nueva obra, puesto que el derecho es sobre el contenido, no sobre el soporte. Pero lo que quedó claro de ese cruce entre el presidente de la cámara y quien les escribe fue lo siguiente: están revisando los contratos que firmaron con los autores para esclarecer cuáles son los derechos que les corresponden sobre la digitalización. Igarza, que entendió un poco mejor la pregunta, contestó que la digitalización debía ser realizada dentro del marco normativo vigente, pero que con el panorama actual que ofrece la 11.723 es probable que para digitalizar sea necesario una reforma de la ley. Reforma que si proviene de su parte, intuimos, redundará en mayores beneficios para quienes ya tienen demasiados beneficios.

Para sintetizar, lo que quedó claro de la presentación de la Cámara Argentina del Libro fue que los editores están asustados frente a dos cuestiones, que se resumen en:

- Nuevos actores inesperados (en concreto, las empresas de tecnología y los lectores)
- Las nuevas tecnologías (puesto que no las comprenden)

Las nuevas tecnologías se han convertido, cada vez más, en un campo de disputas ideológicas. La lucha de los usuarios por disfrutar de una mayor libertad en la utilización del software y los dispositivos, contra las imposiciones de las corporaciones de obtener mayores ganancias por las licencias sobre bienes intangibles, y, por yuxtaposición, de obtener mayor control sobre qué hacen los usuarios con las tecnologías, es un debate que se está dando actualmente y que de ningún modo está cerrado o concluido.

En este sentido, es importante profundizar la discusión para que los actores tradicionales en la definición de políticas públicas sobre la distribución de obras culturales no sean los mismos de siempre: las editoriales, las sociedades gestoras de derechos y los institutos de fomento de la cultura. Los usuarios, lectores, productores y ciudadanos tenemos que sumar nuestra voz en esta disputa para que no se produzca un avance sobre nuestras libertades, seriamente comprometidas por las medidas pensadas desde el otro lado.